Moneo y el kitsch

El pasado mes visité el Museo Romano de Mérida, una de las obras más destacadas de uno de los arquitectos españoles más destacados, suena tonto pero estaba emocionado, sin embargo días antes, organizando la visita, vi varias fotografías del Museo y me sobrevino una idea, ¿no es esto una gran horterada?

Os explico mi delirio mental con un conjunto de, digamos, de palabras. En arquitectura siempre han utilizado símbolos, representaciones de objetos como decoración, en los templos griegos las metopas y triglifos que son una representación de elementos estructurales de los templos de madera, las acanaladuras de columnas dóricas son la corteza del troncos de un árbol, se toma un elemento que tenía sentido, se le cambia el uso y el material y se transforma ornamentación. En el Renacimiento sobre cada ventana hay un pequeño frontón, el frente de una cubierta a dos aguas de un templo griego es ahora un elemento decorativo, en el barroco los frontones ya eran curvos o partidos, el símbolo se deforma, se retuerce. El siglo XIX y el comienzo del XX nos trajeron los neo, neoclásico, neogótico, neooriental, neoneo… en los que cualquier elemento podía sacarse de su contexto y decorar una construcción contemporánea, almenas, arcos apuntado, rosetones, ….

Y entonces llegó él, el Movimiento Moderno, el Arte decó, AdolfLoos, el Corbu, la Bauhaus, etc.. Las vanguardias artísticas nos trajeron la abstracción y el ornamento se convirtió en delito, se convino que hacerse una villa de Palladio en el s. XX era un anacronismo (y una horterada). Estaban tan felices los modernos con su modernidad cuando en los setenta los postmodernos lo dinamitaron, reclamaron el adorno, el ornato, el símbolo, la referencia, y lo reclamaron a gritos, capiteles dóricos en bronce de extrañas dimensiones o edificios con formas de cosas.

En las escuelas de arquitectura se habla del postmodernismo como de aquel día que estabas borracho y enseñaste el culo, pasó pero hacemos como que no. Pero pasó y aun hay modernísimos haciendo edificios que parecen cosas.

Volvemos a Mérida, el amigo Moneo, Rafa Moneo, coge un elemento constructivo romano, el arco de medio punto en ladrillo que los romanos utilizaban para sostener bóvedas, lo saca de su contexto y proyecta unas altas pantallas con las que distribuir el espacio como un peine, coge un símbolo de otra época y lo cambia de uso, cierto que sigue funcionando como tal arco pero el cambio entre abrir un vano o sostener una bóveda es radical. ¿Cual es la diferencia entre eso y coronar un pilar de hormigón con un capitel dórico?, ¿si lo hace Moneo “sí se vale” el historicismo?, ¿es un hortera Rafa?

 

Bien, con esta paja mental en la cabeza fui a ver el museo, mi conclusión: Una obra maestra

¿Por qué?, lo es porque lo es, porque está muy bien hecho, porque las proporciones son magníficas, porque funciona, porque la luz entrando entre las pantallas es hermosa, por la complejidad espacial que esconde en un esquema tan limpio y sencillo. Por la materialidad, el ladrillo, el suelo, las barandillas de forja, por los detalles, porque todo está bien.
¿Cuándo la proporción es buena?, quéséyo, hay fórmulas matemáticas, número de oro, escalas, pero tiene mucho que ver con la intuición y las sensaciones, la de estar en el centro del museo es la de estar en un monumento que no te aplasta, que te acoge.

Esto que no sé explicar es un pequeño gran drama en la escuela porque los profesores tampoco saben explicarlo, en arquitectura un edificio puede ser magnífico por el mismo motivo que otro un desastre, utilizar una referencia historicista habitualmente se tomaría como un error propio de los tiempos oscuros del posmodernismo, pero Moneo lo transforma en virtud.
En la escuela cuesta mucho entender eso, fuera de ella también, los referentes se saltan las convenciones cuando les da la gana y los profesores de proyectos valoran y califican desde lo subjetivo, ajenos a cualquier certeza. Una profesión que es eminentemente técnica dedica miles de horas de enseñanza a disquisiciones pseudoartísticas, cuando no consiste simplemente en detectar el gusto del profesor y darle jabón.

Y sin embargo una vez cumplido lo esencial (que no se caiga, no haga frío ni calor y llegues fácilmente a destino) son las contradicciones las que dan interés a la arquitectura, lo que lo convierte en una disciplina interesante desde tantos ángulos.

O todo lo contrario

 


 

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